Antes del mediodía, cuando todavía faltaba una hora para la apertura del último sábado de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, ya había cola en los ingresos. Muchos de esos lectores tenían previsto esperar hasta las 16, cuando se presentarían los libros de los escritores CS Pacat, Paula Gallego y Tiffany Calligaris para público juvenil y no tanto.

No fue la única presencia masiva de esta tarde en la que la muestra explotó de gente a toda hora: también estuvieron el Nobel Mo Yan, el historiador Felipe Pigna y los autores Claudia Piñeiro, Santiago Posteguillo y Jaime Bayly, el periodista Facundo Pastor y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Para todos los gustos.

Pasillos colmados durante todo el sábado en La Rural. Foto: Matías Martin Campaya.

En verdad, la actividad comenzó temprano con el anuncio de que España será el próximo país Invitado de Honor el año que viene. Representado por su embajador en la Argentina, Joaquín María de Arístegui Laborde, y por el secretario de Estado de Cultura, Jordi Martí Grau, el país europeo anticipó que su participación en 2027 estará en línea con su presencia en otras ferias internacionales, como las de Guadalajara en 2024; en 2025, en la FILBo de Bogotá, y este año será también el País Invitado de Honor en la 28ª Bienal Internacional del Libro de São Paulo, en septiembre.

Sobre las 16, llegó a la Feria el ganador del Premio Nobel de Literatura Mo Yan, acompañado por una comitiva de una decena de personas que lo escoltaron junto al expresidente de la Fundación El Libro Alejandro Vaccaro hasta la sala de prensa, donde ofreció una conferencia de prensa previa a su presentación ante el público. El autor chino reconoció la influencia de Julio Cortázar en su obra, recordó el descubrimiento de la literatura argentina en los años 80 y cómo esas lecturas se completaron con las de Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. También aseguró que escribe con total libertad en su país y que esa es la única manera de ser un escritor.

Mo Yan conversa sobre cómo la literatura china se cruza con la occidental. Foto Matías Martín Campaya.

En el espacio cultural de Clarín-Ñ, la memoria reciente fue el eje que articuló las presentaciones. A las 15 y bajo el título «Cómo hablar de la dictadura con las infancias», las autoras Marina Franco y Mónica Zwaig y el ilustrador Pablo Lobato revisaron sus obras recientes y el desafío de interpelar a lectores y lectoras adolescentes o en la infancia.

Martín y Ana Julia, hermanos

Luego, fue el turno de la historia de vida de los hermanos Martín y Ana Julia Bonetto. Ella, artista plástica y docente, y él, fotógrafo de Clarín, son los autores del libro Hubo una vez un patio (Planeta), sobre el que hablaron este sábado.

Antes de un auditorio colmado, la presentación comenzó con un video que reconstruía con sonidos e imágenes el modo en el que Martín imaginó en los años 90 y mientras estudiaba en La Plata cómo habría sonado el asalto armado a su casa el 1 de febrero de 1977, de la que se llevaron a sus padres, José Roberto Bonetto y Anna María Mobili, ambos de 33 años y que permanecen desaparecidos. Luego, Ana Julia leyó dos textos que perfilan amorosamente a su mamá y a su papá y, finalmente, fueron reconstruyendo su infancia y adolescencia, el cuidado y contención de sus tíos, primos y abuelas, el descubrimiento de HIJOS y el proceso de escritura de este libro, que articula palabras con imágenes, así como sus padres también exploraban esos cruces disciplinarios.

«Cuando se llevaron a nuestros papás, el 1 de febrero de 1977, nuestros tíos pensaron que era una buena idea que yo, que tenía un año y medio y ya conocía a mis primos, me quedara en la casa de mi tía en La Plata y que de Ana Julia, que era recién nacida, se ocuparan mi tía y mi abuela de Olavarría. Esa idea apareció hasta que aparecieran nuestros papás», recordó Martín. Sin embargo, Roberto y Anna nunca volvieron. «Y quedamos separados. Sabiendo que era mi hermana, obvio, viéndonos para los cumpleaños, viéndonos para las fiestas», agregó el fotorreportero.

Martín contó que en su casa no se abordaba el tema de la desaparición de sus padres. «Se miraba para adelante. Con el tiempo me fui dando cuenta de que para Ana Julia había sido distinto, ella tenía muchas más preguntas, muchos más intentos de reconstrucción», explicó. En La Plata, había otros chicos que crecían con sus abuelos porque los padres habían desaparecido y Martín naturalizó esa situación familiar.

Martin y Ana Julia presentaron su libro "Hubo una vez un patio". Foto: Matías Camoaya.

Su hermana, en Olavarría, tuvo una infancia distinta: «Para mí fue a la inversa. Si en el caso de Martín, puertas afuera se hablaba del tema y puertas adentro no, en el mío, puertas afuera no se decía mucho, pero adentro se recordaba, se hablaba y mi casa quedó congelada en el tiempo. Me crié con dos mujeres solas, sin ningún tipo de ayuda o contención, que quedaron en una espera en un momento y, después, con esta nostalgia. Mi casa estaba llena de fotos, era todo el tiempo hablar de ellos. Aunque en la adolescencia yo necesitaba vivir el presente, hoy, por supuesto, agradezco haber estado ahí entre toda esa nostalgia porque hizo que yo, sin haberlos conocido, ame a mis padres, los conozca, que sienta que estuvieron presentes de alguna forma, a través de ellas«.

Por eso, Ana Julia considera que el libro «es como una reconstrucción» y al mismo tiempo un homenaje a su tía (ella la llama mamá) y a su abuela «porque hicieron todo y me dieron todo. Fueron increíbles».

Hubo una vez un patio, una obra que busca reconstruir la memoria familiar. Foto: Martín Bonetto

De manera que con los recuerdos que la familia fue juntando de Anna y de Roberto, sus hijos imaginaron un libro y comenzaron a hacerlo en 2019. Al comienzo hubo una primera versión, pero no es esa la que se terminó publicando este año. Las fotos, los poemas, las ilustraciones fueron encontrando su lugar de la manos de amigos y editores que colaboraron en la escritura y el diseño.

Martín y Ana Julia relataron también el hallazgo de los restos de su padre. «El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró en el año 1989 en el cementerio de Avellaneda una fosa común con más de 300 cuerpos que fueron identificando poco a poco. En el año 2010, descubrieron que uno de esos cuerpos era el de mi papá, asesinado a los 33 años, recuperado 33 años más tarde y cuando yo tenía los mismos 33 años. Llevaron los huesos a la oficina que el equipo tenía sobre la avenida Rivadavia, pero no era posible ir a verlo en ese momento porque había trámites que hacer. Entonces, durante esos días, yo iba y me paraba afuera del edificio, me plantaba ahí porque era la primera vez que yo sabía dónde estaba mi papá«, recordó.

"Hubo una vez un patio" es un libro testimonial y artístico de los hermanos Ana Julia y Martín Bonetto. Foto: Matías Camoaya.

Martín, por su parte, no tiene recuerdos de ese día. Todo se borró. Hizo unas fotografías de su hermana acariciando los restos de su papá. Hizo fotografías de esos huesos. E hizo una selfie que los contiene a los tres. Luego, hubo un funeral en Olavarría. «El informe que nos dio el EAAF decía cómo había sido asesinado. Cinco impactos de bala, quebradura de fémur, de clavícula, de brazo, de rostro. Así lo entregan. Esos son los datos. Cinco impactos de bala y todo quebrado«, resumió Ana Julia.

Antes de cerrar, ambos coincidieron en que ese documento fue el puntapié de una canción cuya letra escribió Martín y que cuatro bandas de La Plata musicalizaron y tocan. «Esa canción es hermosa», aseguró Ana Julia mientras Martín recordó que el libro incluye un código QR que permite escucharla.

Memoria completa, de verdad

El auditorio, que estaba lleno, pasó a estar colmado pese al frío que se colaba por los ingresos cuando el historiador y columnista de Viva Felipe Pigna subió al escenario para presentar su nuevo libro 76. Una crónica del año que cambió nuestra historia para siempre (Planeta) en diálogo con la periodista y docente Inés Hayes.

La entrevistadora quiso saber por qué un libro titulado 76 comienza en el año 1973: «A mí me parece imprescindible que el libro no arrancara el 24 de marzo porque evidentemente soy partidario de la memoria completa, pero la memoria completa en serio. Por lo tanto, tenía que arrancar en el 73 por todo lo que pasó con la crisis económica, la violencia política, el gobierno de Isabel Perón, todas esas cuestiones que son políticas y son complejas y que permiten entender cómo llegamos al 76. Y por supuesto que comprender no tiene nada que ver con justificar», puntualizó el historiador.

Pigna también se detuvo en la planificación del golpe de Estado «y la planificación del modelo económico que arranca aproximadamente un año antes» con el Rodrigazo. «Fue un golpe económico violento, que se dio en el gobierno de Isabel Perón, en julio del 75, y entre el equipo del Ministerio de Economía ya hay gente que va a integrar después el equipo de Martínez de Hoz y que va a ser parte fundamental del corazón del modelo económico que se va a aplicar desde el 76», explicó.

El autor de la saga Los mitos de la historia argentina subrayó que, además de un programa económico que desarticulara el «fifty-fifty que existía en el reparto de la riqueza entre trabajadores y empresarios», la dictadura también atentó contra la «gran movilización cultural de la sociedad. Por ejemplo, Buenos Aires tenía 40 revistas culturales, teatros con funciones llenas, un cine muy contestatario que hablaba de nuestra historia y de nuestra identidad, música, arte, y todo eso parecía molestar a los estratos de la sociedad y también fueron usados como justificación de ese golpe», señaló.

Felipe Pigna en el espacio cultural de Clarín-Ñ este sábado 9 mayo. Foto: Matías Martin Campaya.

Pigna también refirió a las organizaciones armadas: «La guerrilla no era un problema para el Gobierno militar porque iba a ser derrotada muy fácilmente. Y, además, algo muy importante, se suele decir que la guerrilla, para el momento del Golpe, está desarticulada y sin poder de fuego, pero algo más importante que eso es que llega completamente aislada de la población porque la gente no quería saber nada con la guerrilla, no era una opción y eso lo tenían claro los golpistas que sabían que iban a terminar con ellos en términos militares en poco tiempo, como realmente ocurrió», indicó.

El historiador usó la palabra «reformateo» para graficar la extraordinaria transformación del país en esos siete años: «Un año que modificó la estructura del poder, que modificó la economía a largo plazo, en el que se destruyeron fuentes productivas y materias estratégicas, muchas cosas que perduran en el tiempo y hoy se reactualizan con este modelo económico que estamos viviendo», subrayó.

Pigna recordó con detalle la censura imperante en aquellos años. «El Principito, un libro de los años 50, estuvo prohibido y en los considerandos del decreto que lo retira se lee que se lo prohíbe ‘por antibélico’. Es decir, valores que para nosotros son maravillosos. Otro caso que me impresionó mucho fue el del gran escritor Haroldo Conti, que además fue secuestrado y desaparecido por la dictadura. Mascaró, que fue su última novela, según el informe del censor, ‘es una obra de extraordinaria calidad literaria’, pero después agrega que se lo censura porque promueve la empatía, promueve la vida en comunidad, promueve la solidaridad, de nuevo, todas las cosas que para nosotros son hermosas, para ellos eran inaceptables», señaló.

El historiador recordó que por aquellos años, el peruano Mario Vargas Llosa, en tanto presidente del PEN Club, dirigió una carta al presidente de facto Jorge Rafael Videla reclamando por la vida de Conti y denunciando la censura. Era el año 1976 «e inmediatamente la respuesta de Videla fue censurar todos los libros de Vargas Llosa», remató.

Felipe Pigna en el espacio cultural de Clarín-Ñ este sábado 9 mayo. Foto: Matías Martin Campaya.

Pigna recordó cómo la juventud en sí misma era una condición sospechosa y peligrosa para los militares, cómo se postulaba el valor de la obediencia entre los chicos y de qué manera la censura se focalizó en los aspectos sexuales. «La gente podía ir a Chile o a Brasil, donde también había dictaduras, y ver películas que acá estaban prohibidas».

Si lo que sucedía en el país comenzó a ser conocido se debió a los sobrevivientes y a los exiliados que, desde el exterior, daban noticias del horror: «El exilio fue fundamental, hubo 500.000 exiliados incluso desde antes, durante el gobierno de Isabel, con las amenazas de la Triple A. Era esa gente la que de alguna manera informaba a los medios de lo que estaba pasando en la Argentina, porque acá había una verdadera obstrucción de la información», recordó.

Pigna dijo que pensó en las nuevas generaciones al momento de escribir 76. «Y una cosa que me conmovió fue que ayer pasé tres horas firmando libros acá y el 70 por ciento de las personas eran jóvenes«, compartió en el cierre.