“Hay un divorcio muy fuerte entre lo que se dice y quién lo dice, como si esa separación autorizara cualquier cosa –analiza Alan Pauls (1959) en el café de una librería palermitana-. Hay una toxicidad en el uso de la palabra en el mundo contemporáneo que se filtra en el libro. Es algo insoportable de lo que uno querría desmarcarse, pero es difícil no reconocer hasta qué punto estamos sumergidos en esa lógica de la injuria”.
El escritor Alan Pauls. Foto: Ariel Grinberg.Instalado desde hace años en Berlín, volvió a Buenos Aires para presentar Malas lenguas (Random House), una novela donde la biografía –ese género que supo detestar con fervor casi doctrinario– se convierte en el centro de una trama de intrigas y sospechas en una suerte de comedia amarga.
“Se ha derribado un tabú que antes ordenaba los discursos: uno podía criticar o incluso denostar a alguien, pero eso no eliminaba la posibilidad de una conversación. Ahora, al desaparecer ese límite, lo que desaparece es la posibilidad misma del diálogo”, dice Alan Pauls con ese tono entre analítico e irónico que también atraviesa sus libros.
–El título de tu nueva novela, Malas lenguas, parece cargado de una intención política y ética muy específica para este presente.
–Siempre me gustó mucho la maldad como género, sobre todo en el sentido de lo que significa la expresión “malas lenguas”. No solo como gente que habla mal de otra, con esa carga de calumnias, infamias y chismes, sino por la lógica interna que tiene esa práctica. Me interesa ver cómo la palabra corre, cómo circula y, fundamentalmente, cómo afecta. Hay algo fascinante en el hecho de que, al hablar mal de otro, uno está actuando de una manera muy brutal sobre el cuerpo del otro. Es un momento donde, aunque sea éticamente reprobable, las palabras demuestran el poder real que tienen: el poder de afectar, de perturbar, de condenar. En la novela, esa idea del maldecir es el principio que anima el mundo. Todos actúan por intereses ocultos, secretos, en una atmósfera de ambición donde nunca se sabe si los personajes son brillantes o simplemente vulgares y mezquinos.
–Parecería que hoy esa “maldad” de las lenguas se ha institucionalizado.
–El maldecir está hoy muy ligado a los malos. Existe una facilidad asombrosa para decir cosas atroces sin poner la cara, sin poner el cuerpo.
–¿A qué atribuís la pérdida del arte de la conversación?
–Conversar es un plomo, lleva tiempo, exige reconocer al otro, intercambiar. En cambio, estas nuevas formas –que no son tan nuevas, pero cuya impunidad sí lo es– son mucho más rápidas. Son latigazos que no exigen elaboración. Ni siquiera es que la mentira o la infamia sean obras de arte de la madrugada; son mediocres, pueriles, infantiles. La retórica del presidente Milei es un ejemplo perfecto de esto, como también lo es la de Trump. Hay un clima verbal muy agresivo que es planetario. Las palabras hoy se usan más como armas que como criaturas de sentido. No se eligen por lo que significan, sino por su impacto, por su capacidad de hacer sangrar. Si es cierto o no, es secundario; lo que importa es la zancadilla, el piedrazo.
–Mencionaste alguna vez que la biografía es un género que te genera resistencia. Sin embargo, en Malas lenguas aparece un interés muy fuerte por la figura del biógrafo y también de quien las lee.
–Después de mucho tiempo de odiar algo, empezás a interesarte por ese objeto de odio. Empecé a preguntarme qué se pone en juego en una biografía, por qué alguien decide dedicar su tiempo a la vida de otro y qué relaciones de “astucia” establece el biógrafo con sus criaturas. Me interesó esa lucha por acercarse a una verdad vital que, en el fondo, todos sabemos que es inexistente. En la novela, el narrador es alguien que lee una biografía. Me interesaba explorar no solo cómo se escribe, sino cómo se lee: ¿qué guía esa lectura? ¿Es el morbo, la curiosidad o la voluntad de encontrar un sentido definido en lo que a priori es un caos de hechos y recuerdos? La gente busca en la biografía que se le dé un sentido a ese magma de la existencia. La biografía es el género que menos ha cambiado en 500 o 600 años; resiste con sus convenciones porque, aunque sea un género un poco “barato”, es increíblemente vital.
El escritor Alan Pauls. Foto: Ariel Grinberg.–¿Por qué nos obsesionamos con buscar en la infancia o en los traumas las claves de un cuadro o de una novela?
–Cuando leo una biografía de un artista me hincha soberanamente toda la parte que trata de sus vidas antes de ser artistas. Para mí la vida de un artista empieza cuando pinta su primer cuadro, escribe su primer relato o entra de alguna manera en la disciplina a la que después se va a dedicar. Ahí aparece una vida distinta. Todo lo demás –la infancia, los traumas, etcétera– suele alimentar esa hipótesis medio freudiana, bastante vulgar, que dice que en la infancia está todo: el embrión de lo que el artista va a desarrollar después, sus obsesiones, sus traumas… bla, bla, bla. Como decía Giorgio Agamben, una biografía fiel debería contar no solo la vida vivida, sino también todas las vidas que la persona quiso tener y no pudo, porque esas vidas no vividas a veces afectan mucho más que la realidad misma.
–Esa obsesión por lo que no está aparece también en tu relación con Raymond Roussel, un autor que mencionás a menudo. ¿Es posible estar más interesado en la vida de un escritor que en sus propios libros?
–Con Roussel me pasa exactamente eso: me resulta casi imposible leer sus libros, pero no hay vida que me interese más que la suya. Es el caso inverso a mi regla general: con él, leo a sus biógrafos y no su obra. Creo que es porque la vida de Roussel me parece una obra de arte en sí misma. Es algo bastante común también: ciertos artistas o escritores exhiben una continuidad asombrosa entre lo que hacen y lo que son, entre la vida que llevan y la obra que producen. Pienso en los dandis, en Oscar Wilde, donde la vida y la escritura son indisociables. Ahí la biografía no es un complemento de la obra: es la obra.
–Te detenés mucho en ciertos detalles físicos casi forenses: el color “rosa roast beef” de una llaga o la “catastrófica condición dental” de Bernal, uno de los personajes. Una descripción casi erótica del defecto físico.
–Es que es muy difícil enamorarse de algo general; uno se enamora de los detalles. El detalle es clave para que las cosas tengan sentido. Cito en la novela al historiador del arte Giovanni Morelli, quien decía que para distinguir un cuadro verdadero de una falsificación no hay que mirar el uso del color o la luz, sino detalles pueriles como la forma de los dedos de los pies o de una oreja. En esos lugares menores, el falsificador se relaja y deja de imitar. Ahí aparece una verdad involuntaria. Los biógrafos son sabuesos de esos rasgos. En Malas lenguas, el placer por el detalle está ligado a que son justamente esos rasgos los que terminan definiendo a las personas. Además, la novela transcurre en un mundo cultural bastante bajo y mezquino, lleno de traiciones y sobornos, donde el sexo y la astucia sexual juegan un papel fundamental para abrirse paso.
–Hay una figura que atraviesa el libro: el perro Tilde. ¿Cómo terminó un animal siendo el personaje más “verdadero” y puro de una trama tan tóxica?
–Tilde creció muchísimo durante la escritura. Al principio no sabía que iba a tener esa importancia, pero se convirtió en el único objeto de la novela adorado de manera incondicional. Es un perro viejo, enfermo, incontinente; un obstáculo. Pero mientras escribía las escenas entre él y Bernal, empecé a quererlo. Tilde terminó siendo el mártir, el único personaje inocente en un mundo de culpables; es una especie de “cordero de Dios”. Es mi modesto homenaje a Flush, la biografía que Virginia Woolf escribió sobre el perro de Elizabeth Barrett Browning. Me parece un libro genial, a menudo injustamente tildado de “menor”. Woolf se plantea ahí los mismos problemas que en sus grandes novelas: ¿cómo percibimos lo que no vemos? ¿Cómo narramos el mundo interior de alguien –o algo– tan resistente como un animal?
–En una baulera, aquí en la Argentina, tenés guardadas 120 cajas de libros. ¿Cómo es vivir lejos de tu biblioteca?
–Esas cajas son el testimonio de mi biografía intelectual. Podría volver a ellas y reconocer quién fui, cómo me formé y cómo evolucioné. Al principio, cuando me fui a Berlín, pensé que sería difícil, pero viví perfectamente un año sin ellos y descubrí un principio de levedad, de agilidad. No escribir siempre “contra” la biblioteca tiene algo liberador. Hoy los libros son mucho más accesibles; podés conseguir casi cualquier cosa rápido. En Berlín armé una nueva biblioteca, que es la que necesito para lo que hago ahora. Los libros son una pesadilla cuando tenés que mudarlos, ocupan mucho espacio. Aunque hay algo triste en esas cajas encerradas. Probablemente haga próximamente algo con mi biblioteca, darle otro destino. Los libros están para ser leídos, para circular.
El escritor Alan Pauls. Foto: Ariel Grinberg.–Si alguien tuviera que escribir tu biografía, ¿debería empezar por esos libros?
–Absolutamente. Si me pidieran contar mi vida, diría: “Mirá la biblioteca”. Mi vida no ha sido especialmente aventurera en el sentido físico. Al igual que con Borges, mi vida se puede leer a través de mis libros. Pero no solo por los títulos, sino por el valor documental del objeto: los subrayados, las notas, los papeles pegados. Un libro anotado por un escritor es un documento revelador, es el rastro real de una existencia que se juega, sobre todo, en el lenguaje. Tengo la impresión de que efectivamente soy mi biblioteca, pero esa biblioteca tiene partes, tiene zonas y por ahí hay zonas de la biblioteca que entran en la sombra durante un tiempo. Después reaparecen y la biblioteca sigue creciendo.
Alan Pauls básico
- Nació en Buenos Aires, en 1959. Es escritor, periodista, guionista y crítico de cine. Licenciado en Letras, fue profesor de Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y fundador de la revista Lecturas Críticas.
El escritor Alan Pauls. Foto: Ariel Grinberg.- Fue jefe de redacción de la revista Página/30 y subeditor de Radar, suplemento dominical de Página/12, con el que sigue colaborando periódicamente. En la actualidad escribe columnas de tema cultural para el diario brasileño Folha de San Pablo y presenta el ciclo de cine independiente Primer Plano en la señal de cable I-Sat.
- Entre sus obras se destacan los ensayos Manuel Puig: La traición de Rita Hayworth (1988), La infancia de la risa (sobre Lino Palacio) (1994), Cómo se escribe un diario íntimo (1998), El factor Borges (2000) y La vida descalzo (2006).
- Ha publicado las novelas: El pudor del pornógrafo (1985), El coloquio (1989), Wasabi (1994, reeditada en 2005), El pasado (2003, Premio Herralde de Novela), Historia del llanto (2007), Historia del pelo (2010) e Historia del dinero (2013) . Sus libros han sido traducidos a diversas lenguas.
Malas lenguas, de Alan Pauls (Random House).
