Como en una caja china, en Una cosa salvaje que conoce la muerte (Concreto Editorial, 2026), el nuevo libro de cuentos de la escritora colombiana Lina María Parra Ochoa, hay palabras como talismanes. Están las grandes, casi obvias: muerte, salvaje, violencia. Y, dentro de ellas, están las otras, más opacas e inquietantes: borde, agua, hambre.

Lina María Parra Ochoa es autora de Una cosa salvaje que conoce la muerte (Concreto). Foto: gentileza.

El libro reúne trece relatos, uno más cruento que el otro, que ponen el foco en lo familiar y minúsculo que encierra lo terrible. En la contratapa, una frase resume la experiencia de lectura: “El horror más absoluto siempre aguarda en la silenciosa impunidad de nuestra propia cotidianidad”.

El borde es el de la herida de bala que Julia toca con el dedo; el borde de la oficina donde un “mágico” decide quién vive y quién muere; el borde del informe que la jueza Afra redacta mintiendo, porque sabe que si dice la verdad el río se la lleva.

El agua es el río de Urabá que escupe cuerpos dos pueblos más abajo; el océano donde Iván naufraga; el formol donde Lina guarda a su hermana gemela, un feto con dientecitos; el lago negro de los loons de ojos rojos, pájaros de risa demoniaca; la sangre de vaca recién salida del matadero que debía beber Afra para curarse el asma, o esa otra sangre que “se riega en el agua, en la calle, que se diluye, que se coagula y se seca bajo el sol”.

El hambre es lo que empuja a cruzar. “Yo estaba de primera en la fila, con un hambre insaciable de poder meter mis manos en un cuerpo”, dice la niña del colegio de monjas en la morgue. Es el hambre de Afra por decir la verdad; el hambre de la tierra que “pide sus cuerpos, su alimento”; el hambre de Soledad por degollar al marrano y entender qué es esa cosa salvaje que conoce la muerte.

Nacida en Medellín, Lina María Parra Ochoa es escritora y docente. Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad Pontificia Bolivariana y magíster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Leiden en Holanda. Publicó la novela La mano que cura y los libros de cuentos La mala postura y Llorar sobre la leche derramada. Una cosa salvaje que conoce la muerte es su tercer volumen de relatos, que la autora vino a presentar a Buenos Aires, donde conversó en exclusiva con Clarín.

CUL / Lina María Parra Ochoa

–En el mundo editorial parece haber una especie de prejuicio que valora a la novela por sobre el cuento… ¿Te llevás mejor con el cuento que con la novela?

–Amo el cuento y me siento cómoda escribiéndolo: se me ocurren cuentos a partir de frases o imágenes, es como un tic interiorizado. Entiendo lo que decís: suele pensarse que la novela da más prestigio, se vende más y recibe premios con mayor dinero. Algunos creen que el cuento es solo entrenamiento o incluso infantil, pero yo no estoy de acuerdo. La tradición latinoamericana siempre fue fuerte en el cuento, y ahora, con la exposición a diversas literaturas en internet, siento que hay una apertura y nuevos lectores.

–La pregunta inevitable: ¿te parece que tu obra dialoga con la de García Márquez?

–Pues, para mí, es innegable. A mí me gusta mucho la literatura de Gabo y he aprendido mucho de ella. También, siento que, siendo colombiana y escritora, hay una cosa de cómo ubicarse ahí para no ser la hija, pero tampoco mi intención es pelearme por completo y hacer todo lo contrario solo por contrariar, ¿cierto? Entonces, para que no me confundan con Gabo, voy a hacer tal cosa… No, esa no es mi intención. Es cómo hago para que esto conviva dentro de lo que yo hago, esa es una pregunta que creo que aparece cuando uno escribe.

–¿Hay algo de Rulfo también en tu obra?

–Claro, yo amo a Rulfo. Entonces, siento que lo he discutido mucho, como esa idea del realismo mágico, y yo siento que sin romantizarlo, sí hay como una mezcla entre haber leído a Gabo, haber leído a Rulfo, pero también que yo cuando escribo bebo de una tradición oral, de historias y de supersticiones y de creencias que, en su momento, también fueron alimento de ellos, o sea, yo soy hija de ellos, pero ellos también son hijos de esas historias que les contaban en la familia y creo que eso es un poco lo que aparece de diferentes maneras.

–¿Esas historias son reales, tan crudas, o son llevadas al extremo en la ficción a modo de provocación?

–No busco la provocación. Esas imágenes que parecen extremas existen; la escritura es mostrar lo que ya está, con otra luz. En el primer cuento («El lento e imperceptible retiro de las aguas»), las curas de Afra son reales: aún hoy a las niñas les dan polvo de escarabajo negro para curar el asma. En un relato puede parecer extremo, pero no lo es del todo. Mi ojo se fija en esas imágenes duras, salvajes, de sangre y muerte, aunque también en lo íntimo. Esa búsqueda de lo terrible aparece una y otra vez en mis cuentos.

Lina María Parra Ochoa es autora de Una cosa salvaje que conoce la muerte (Concreto). Foto: gentileza.

–En nuestras sociedades, la muerte es un tema tabú. Sin embargo, en tus cuentos, parece casi una obsesión. ¿La literatura sirve para hablar de lo que la gente prefiere ignorar?

–En mis cuentos, la idea de la muerte aparece como una presencia, por ejemplo, en el cuento «Mal de Tierra», que es el del arquitecto que hace estas caletas para los narcotraficantes, él está vivo, pero es una especie de guardián de la muerte, de una energía oscura, de una maldición, de una energía como vengativa que es pura muerte, ¿cierto? Y él la alberga en su casa. Eso es como su maldición. O el último cuento, «El borde de la herida», es un cuento donde hay un cadáver, simplemente un cadáver. Entonces, la pregunta no es por la muerte como cosa que nos sucede sino ya como materia, o sea, la materia de lo que estuvo y se murió y qué es lo que queda de uno.

–Hay varias referencias a lo esotérico en tus relatos: un punto negro en el cielo, las predicciones del tarot, la fe en Dios… ¿Cómo te llevás con ese universo?

–Mi novela anterior, La mano que cura, tiene protagonistas brujas, pero en mi vida soy muy científica y poco creyente. Dejo una puertica abierta a la duda porque me divierte el misterio. La fe como fenómeno me interesa, aunque no la practique: en cuentos como «La sombra de la torre» o «Un cielo vacío» aparece la lógica de Santo Tomás, querer tocar para creer. No me parece contradictorio: pienso científicamente, pero disfruto habitar el misterio en la escritura. Para terminar, yo tengo fe en la imaginación, que es brutal y te libera.

–También hablás del miedo, de callar una verdad por miedo a las represalias de un poder que te amenaza para silenciarte…

–El caso de Afra muestra que no siempre es posible enfrentarse al monstruo. A veces, por miedo o amenazas, la gente calla; no es simple decisión, es algo que te supera. Me interesa no juzgar: un personaje puede huir para salvar su vida. Afra no es cobarde, está atrapada en una violencia arrolladora y debe escapar, con ayuda del pueblo, para no morir. Eso ocurre todo el tiempo: personas que deben huir porque el monstruo es demasiado grande y no hay otra salida.

–Quizás, a través de tu literatura, puedas desenmascarar al monstruo, aunque sea de manera disfrazada, usando la ficción…

–Siento que aquí, en mi caso, mi intención no es solamente denunciar la violencia, porque eso ya está muy hablado, sino tomar a estos personajes, que de diferentes maneras se enfrentan al monstruo y ya, eso es todo, porque en el libro se repite, por ejemplo, el cuento «Un montón de plumas» es lo mismo, es una mujer que tiene unas gallinas, se las matan, se ha enfrentado al monstruo. El pensamiento del puñal es una mujer a la que quieren sobornar y ella se ha enfrentado a ese monstruo, o sea, no es tan fácil como decir que sí o que no. El personaje es un individuo que tiene una vida, que tiene unos cuidados con otras personas y, de repente, se ha enfrentado a un monstruo que no sabe cómo matar…

–En tus cuentos, ese monstruo toma formas diversas. ¿Podemos ponerle nombre al monstruo real?

–En este caso, el monstruo sería esta cosa múltiple que es la violencia en Colombia, ¿cierto? La violencia paramilitar, la violencia del narcotráfico, la violencia de las bandas criminales, o sea, todo eso aparece ahí, pero no es la protagonista esa violencia, sino que me interesa más mirar el personaje que mira la violencia, algo así.

Lina María Parra Ochoa es autora de Una cosa salvaje que conoce la muerte (Concreto). Foto: gentileza.

–Querés mostrar cómo se cuela la violencia en la vida cotidiana de las personas…

–Esa palabra me gusta. Es cómo se cuela la violencia en la vida. Cómo nos afecta, porque no es algo que está allá afuera, sino que es parte de tu piel, de tus brazos. Pero vos igual seguís haciendo cosas, o sea, la mujer del cuento de las gallinas al otro día tiene que levantarse y seguir su vida, ¿cierto? La mujer que rechaza este chantaje, al otro día tiene que ir a la oficina y enfrentarse a las consecuencias de eso. O sea, eso es lo que a mí me interesa, cómo se cuela la violencia, pero creo que en los cuentos –y esto, obviamente, es un análisis a posteriori–, lo que veo no es el monstruo, sino a la persona que se enfrenta al monstruo. Es como si yo fuera una cámara que te está mirando a vos y vos estás mirando el monstruo.

–Tenés que seguir viviendo después de haberle visto la cara al monstruo y fijate cómo te las arreglás…

–Claro, y hay diferentes maneras. Hay gente que se queda en un lugar, hay gente que se va, que se exilia, hay gente que se enfrenta y es asesinada, pues, porque hizo demasiado ruido, ¿cierto? Hay diferentes maneras de vivir con el monstruo.

Lina María Parra Ochoa básico

  • Nació en Medellín, Colombia.
  • Es autora de la novela La mano que cura (Tránsito, 2023 y Alfaguara, 2023; Polilla editorial 2024) y de los libros de cuentos Malas posturas (Eafit, 2018) y Llorar sobre leche derramada (Animal extinto, 2020).
  • Cuentos suyos se han publicado en diferentes antologías, y parte de su obra ha sido traducida al italiano, el portugués, el francés y el griego.

Una cosa salvaje que conoce la muerte, de Lina María Parra Ochoa (Concreto).