La “reducción de escala” o una “escala de reducción” es una categoría más cercana al diseño, a la ingeniería, al dibujo técnico o a la arquitectura. Tal vez, en la historia como ciencia, como disciplina, como oficio, nadie la ha globalizado mejor que el italiano Carlo Ginzburg (1939-2026), etiquetado como el maestro de la llamada microhistoria: ese arte de la escala pequeña y de cómo, a partir de un personaje específico o un acontecimiento aparentemente insignificante, se puede contar el pasado y, de ese modo, reconstruir el contexto de una época.
Carlo Guinzburg, historiador y ensayista Italiano, en Buenos Aires. Foto: Guillermo Rodriguez Adami. Pero no solo contarlo y reconstruirlo: interpretarlo, darle una nueva mirada. De lo particular a lo general, pero no solo como un racconto de hechos y datos, sino como una posibilidad de narración. Ante tantas Historias –así, con mayúscula y en plural, como las tituló Jean-Luc Godard en su magnánimo documental– afínes a los grandes nombres, a las batallas consagratorias, a los macroperíodos y a las largas transiciones sociales, y sin desconocer nada de todo eso, Carlo Ginzburg puso el acento en detectar la complejidad de lo singular. Ginzburg, como historiador, pero también como gran narrador, en sus libros desplazó el foco.
En entrevistas y conferencias, siempre recordó su primer acercamiento a la lectura: sus padres –su madre, la famosa escritora Natalia Ginzburg, y su padre, Leone, un intelectual antifascista asesinado por los nazis– le leían novelas cuando era chico. Pero su fascinación con el estudio del mundo de la lectura –uno de sus temas capitales en su profusa obra de artículos y libros– llegó después de otra temprana pasión: la de las brujerías.
Era algo que lo atrajo tempranamente, como estudiante en Pisa: los detalles de cómo fueron las persecuciones a hombres y mujeres acusados de brujería. Le interesaban, particularmente, los procesos judiciales. Estudiar a los jueces que encabezaban esas tramas, transcritas por notarios que seguían sus órdenes, y donde se podían reconstruir ideas e imaginarios sobre los comportamientos humanos estigmatizados como brujerías.
“Si uno no se construye trampas, lleva una vida más bien aburrida”, decía Ginzburg, mixturando los métodos tradicionales del historiador para entrar en las fronteras amplias y diversas de la etnología, la antropología, el derecho y la literatura, y así escribió su primer libro, Los benandanti, en 1966, para casi 25 años después retornar a ese tema con Historia nocturna, ambos traducidos al castellano.
Ginzburg siempre supo instalar, como hacen los lúcidos intelectuales, buenas preguntas. “Quien quiera descifrar lo que he escrito entre líneas debe aprender a leer entre líneas. Pero ¿no ha sido justamente esta la enseñanza que ha modelado mi formación?”, dijo alguna vez. Nacido en Turín, pasó su infancia en un pequeño pueblo de Abruzzo, en el centro-sur de Italia: su padre había sido confinado allí como judío antifascista.
Había una muchacha del pueblo que cantaba historias populares llenas de brujerías y magos, las que luego leyó en las fábulas de Ítalo Calvino. Al niño Carlo también le leían historias sicilianas. Una de ellas lo turbó: se trataba de una niñita que llegaba a una especie de casa encantada, donde de pronto aparecía un lobo y un personaje peculiar llamado “Codito”.
Un aura de inquietud y asombro
Personajes plagados de misterio, bajo un aura de inquietud y asombro, eran la materia prima que mucho tiempo después, como historiador profesional, lo guio en las búsquedas solitarias dentro de archivos italianos. ¿Qué es lo que hizo que reparara, casi como una epifanía, en captar lo extraordinario en lo ordinario?
A Carlo lo atrapaban esos inquisidores que interrogaban, que torturaban a la luz del día. Obtener una confesión era su objetivo. Detectó que, en la mayor parte de los procesos por brujería, los jueces recurrían a preguntas sugestivas como “¿No es que tú fuiste a adorar al diablo?”.
Esos procesos no solo documentaban la presión social sobre el acusado. La falta de diálogo y de comunicación se transformaba en una fuente de certezas para él, como historiador, del procedimiento judicial y su notable poder en la totalidad de la aldea.
Carlo Guinzburg, historiador y ensayista Italiano, en Buenos Aires. Foto: Guillermo Rodriguez Adami. Hombres lobo, brujos y brujas, cultos agrarios, alquimias, aquelarres, tribunales, religiones. ¿Qué contar primero, qué narrar después? ¿De qué modo, sin dejar de lado el rigor de los datos, diseñar una estructura que no aísle los elementos del relato, sino que los integre alrededor de los personajes principales?
Las preguntas desvelaban a Ginzburg no solo como historiador, sino como narrador: el encanto de su escritura cautivó a ortodoxos y creativos de la misma forma. El italiano era capaz de recurrir a un ensayo del lingüista Román Jakobson, que estudió textos medievales rusos, o a Freud o a películas como Octubre, de Sergei Eisenstein.
Escribió párrafos como éste, publicado en su libro El juez y el historiador: “Las relaciones entre historia y derecho siempre han sido muy estrechas: desde que surgió en Grecia, hace dos mil quinientos años, el género literario que llamamos ‘historia’. Si bien la palabra ‘historia’ procede del lenguaje médico, la capacidad argumentativa que implica viene, sin embargo, del ámbito jurídico. La historia como actividad intelectual específica se constituye (como nos recordó hace algunos años Arnaldo Momigliano) en el encuentro entre medicina y retórica: examina casos y situaciones buscando sus causas naturales según el ejemplo de la primera, y los expone siguiendo las reglas de la segunda: un arte de persuadir nacido en los tribunales”.
“De la crítica al relativismo escéptico a la denuncia de los peligros que representan las teorías del complot, sus reflexiones ofrecen siempre la posibilidad de un diálogo abierto y constante con un presente amenazado por los efectos sociales y políticos de las noticias falsas”, postearon desde la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario.
Entre los sesenta y hasta su muerte, activo en su discurso público y visitante de academias del mundo, Ginzburg abrió nuevas perspectivas. “Ni una cosa ni la otra” era su lema preferido. Estimuló a descreer de los estereotipos, a leer el pulso de la cultura popular y la cultura dominante, a estudiar a perseguidores y perseguidos, funcionarios y procesos, y la convicción de que ninguna sociedad es culturalmente homogénea.
“La contradicción es la norma”
En una sociedad, explicaba, coexisten culturas diferentes, e incluso en conflicto entre sí. “La contradicción es la norma”, decía, y enfatizaba que “si un individuo no era contradictorio, se sentía como algo peligroso”.
Su bestseller de la microhistoria fue El queso y los gusanos, con el desplazamiento de foco como arma principal: concentrarse en Menocchio, un molinero perdido en los archivos de la Inquisición. Muchos de los que lo leyeron, hipnotizados por su prosa, sentían que se podía leer como un cuento de Borges.
Eran los sesenta, en Udine, y Carlo Ginzburg se metía en una sala repleta de armarios de madera, y ante la mirada severa de un archivista y entre volúmenes de manuscritos, se dio cuenta de que era el primer historiador que trabajaba profundamente con los documentos de la Inquisición.
Horas y horas –con ese método del historiador, que es el “culo-silla”– de transcripción, de tomar nota y mirar al sesgo, pero solo después de acumular la panorámica suficiente y el trabajo necesario sobre el cotejo de datos, de pronto se encontró con un campesino que decía: “El mundo nació de una putrefacción”. Se podría pensar en una revelación análoga a la de “Hay un fusilado que vive”, que escuchó Rodolfo Walsh jugando al ajedrez, con ese fino tacto para capturar historias, antes de escribir Operación Masacre.
A finales del siglo XVI, en el norte de Italia, existió un molinero llamado Domenico Scandella, “Menocchio”, como lo conocían en su entorno. Su cosmovisión era bastante peculiar y casi delirante: negaba que Dios hubiese creado el universo y lo defendía bajo una teoría propia.
Decía, en efecto, que el mundo y sus habitantes se habían generado espontáneamente. En un principio, pensaba Menocchio, era todo un caos: la tierra, el aire, el fuego, todos juntos conviviendo. De ese volumen primitivo, poco a poco, se fue formando una masa, como se constituía, por ejemplo, el queso de la leche. Luego, en esa masa fueron apareciendo ángeles como cuando en el queso irrumpían gusanos. De todos esos ángeles, creía el molinero, el más sabio y poderoso fue Dios.
Dudas sobre la divinidad de Dios
A través de lo gastronómico, del proceso cotidiano de creación y putrefacción del queso, Ginzburg entendió que el molinero estaba cuestionando el origen del mundo y poniendo en duda la divinidad de Dios. Pudo dar cuenta de que era alguien diferente a los suyos: sabía leer y sabía escribir, cosas muy poco comunes en su época. Además, no tenía ningún problema en leer libros prohibidos por el cristianismo, como el Corán, el Decamerón o la Biblia en lengua vulgar. Menocchio debatía con sus pares y se animaba a criticar las jerarquías eclesiásticas.
El párroco del pueblo, entonces, lo denunció al Santo Oficio. A sus 51 años, fue arrestado y condenado a dos años de prisión por heresiarca, figura que lo emparentaba con la de un posible autor de una herejía.
Carlo Guinzburg, historiador y ensayista Italiano, en Buenos Aires. Foto: Guillermo Rodriguez Adami. Salió de la cárcel, tuvo una especie de arrepentimiento, pero volvió a sus fuentes, incluso burlándose de la fe. Fue quemado en la hoguera en 1599 por orden del papa Clemente VIII. Sin la investigación de Carlo Ginzburg, la historia de Menocchio, un hombre común y un simple molinero, hubiera permanecido en el anonimato.
Pero el historiador italiano no se conformó con hallar un personaje singular: delineó los contornos de la cultura popular italiana del siglo XVI, en los albores de la era moderna. De hecho, escribió toda una reconstrucción del contexto social y religioso de la época, desde las tradiciones rurales más remotas hasta los acontecimientos históricos más generales de la Europa de ese entonces, como la Reforma Luterana y la creación de la imprenta.
La historia con mayúsculas y minúsculas. Los diálogos entre historia y antropología. El estudio de las clases subalternas en profundidad. La narración de acontecimientos únicos y la microhistoria. El rescate de esos personajes subalternos que quedaron al margen de los grandes relatos, el hallazgo de las rupturas y lo que a él le gustaba nombrar como fisuras: “todo lo que es como una grieta de la que emerge algo”. No casualmente, sus investigaciones influyeron en campos como la antropología, el arte, la literatura y la historiografía.
Fue, además, doctor honoris causa de la UBA. En 2023, al entregarle el reconocimiento, José Emilio Burucúa sentenció que Ginzburg forma parte del “panteón de los historiadores más grandes de nuestra época”.
Federico Lorenz, ante su muerte, escribió: “Fue autor de maravillas como El queso y los gusanos, Ojazos de madera, Aún aprendo, Pesquisa sobre Piero, El juez y el historiador, El hilo y las huellas. Cada uno de ellos, un despliegue de erudición y humanidad, un despliegue de herramientas para invitarnos a desbordar las fronteras de la disciplina, una invitación a no escribir jamás la palabra verdad entre comillas. Irremplazable, inimitable, pero sin duda un intelectual en el que generaciones de colegas, con más o menos suerte, nos hemos referenciado”.
Realidad y verdad
La noción de realidad y de verdad y sus relaciones con el conocimiento –por caso, explicaba que Menocchio leía, hablaba de sus lecturas, y en su aldea circulaban libros–, la circularidad entre la alta y la baja cultura, lo oral y lo escrito, el sujeto y lo comunitario, la élite y los marginados, los interrogatorios y las pruebas, los delitos, los culpables y los inocentes, acusadores y acusados, como en El juez y el historiador, donde incluso pasó la barrera de lo personal, al analizar documentos de un proceso que había condenado a un amigo suyo, Adriano Sofri.
Revista ñEntrevista a Carlo Guinzburg , Historiador y ensayista Italiano
Foto Guillermo Rodriguez ADami ciudad Carlo Ginzburg historiador y ensayista Italiano entrevista
“Ginzburg está en la bibliografía de mis cursos desde hace treinta años. Me lo hizo leer Aníbal Ford”, escribió en su Facebook el sociólogo Pablo Alabarces, estudioso de las culturas populares. Al libro Señales. Raíces de un paradigma indiciario lo rescata como un eje metodológico de su trabajo: “Aprendí con él que la utilidad social de la investigación humanística consiste en que, con ella, una sociedad sabe más sobre sí misma, y que eso es razón suficiente, aunque a los trolls les parezca ridículo andar especulando si una isla es una isla”.
La realidad y sus secretos, el “paradigma indiciario” y el lugar de la mirada, el repensar el cristal desde donde se narra, tan común al historiador como al periodista, como sugirió Roberto Saviano en su último libro, Los valientes están solos, en el que reconstruye el largo y laberíntico periplo de la vida del juez que investigó a la mafia italiana, Giovanni Falcone. El observador que siempre es observado por su objeto de estudio. La capacidad de representar con vivacidad personajes y situaciones.
Como definía Carlos Astarita sobre el apasionante y arduo trabajo de los historiadores, no solo en el rigor, la calidad, el conocimiento de las teorías y la exigencia metodológica, sino también en la detección de problemas y la creación de conocimiento con sus investigaciones, algo que convivía en potencia y acto en uno de los historiadores más conocidos del mundo y entre los autores contemporáneos italianos más traducidos, una obra que seguirá siendo leída e interpretada ahora bajo “la partida de un maestro”, como lo homenajeó en sus redes el historiador y escritor Sergio Pujol.
