Dos padres, sentados en reposeras, toman mates mientras esperan que empiece el partido de sus hijos. Es sábado y, como cada fin de semana, se repite el ritual: charla, mate y fútbol. No hay demasiadas vueltas. La escena se repite en cientos de canchas de todo el país, donde las juveniles mantienen viva una costumbre que parece cada vez más difícil de encontrar en el fútbol profesional.
El partido se juega y los padres ocupan la tribuna. A veces, incluso, comparten espacio con los familiares del equipo rival. Los visitantes, salvo alguna excepción, respetan su condición de visitantes. Se alienta, se discute alguna jugada, se protesta un fallo y se festejan los goles. Todo con una intensidad que no necesita de grandes escenarios.
Hay algo más: acá no hay delay. Los goles se gritan en el momento exacto en que la pelota entra. No hay que esperar para saber si el festejo vale. No hay VAR, ni árbitros que revisan una pantalla, ni minutos de incertidumbre después de una jugada. El offside es offside. Si el línea levanta la bandera, se acepta. Si no la levanta, el juego continúa. Y cuando hay un gol, el grito nace espontáneo, sin mirar primero hacia un monitor.
Es, en muchos sentidos, el fútbol de antes. El que se juega con la lógica de la cancha y no con la de la pantalla. El que todavía conserva una cuota de ingenuidad, de pertenencia y de comunidad que el fútbol profesional fue perdiendo a medida que se convirtió en un espectáculo cada vez más medido, reglamentado y tecnológico.
Ese es el corazón del fútbol argentino. De esto venimos. Antes de los grandes estadios, de los contratos millonarios, de los representantes, de las cámaras y de las redes sociales, hubo potreros, clubes de barrio y escuelitas de fútbol. Lugares donde miles de chicos dieron sus primeros pasos y donde muchos de los futbolistas que después se convirtieron en campeones del mundo aprendieron a jugar.
El fútbol argentino se construyó ahí abajo. En instituciones que muchas veces sobreviven a fuerza de esfuerzo de dirigentes, entrenadores, familias y socios. En clubes que no tienen las comodidades de una institución de Primera, pero que conservan algo esencial: la capacidad de formar personas antes que futbolistas.
Uno de esos ejemplos es Fútbol Gol, una escuela que nació en 2001 y que este año cumple 25 años formando chicos y chicas de Ramos Mejía, la zona oeste del Gran Buenos Aires. Desde allí, Diego Tilio y Sebastián Napolitano, profes de la institución, remarcan la importancia que todavía tiene el fútbol formativo. “Creemos que es vital la importancia del fútbol formativo en la actualidad, como siempre lo fue para nosotros desde nuestros comienzos. Es fundamental para el desarrollo integral de niños y jóvenes, no solo en el aspecto deportivo, sino también en el humano y social”, explica Tilio.
En tiempos en los que muchas veces el fútbol infantil parece estar atravesado demasiado pronto por la competencia, en las escuelas y clubes de barrio todavía se intenta preservar otra lógica: que los chicos jueguen, aprendan y disfruten. “En la actualidad, las escuelas de fútbol constituyen uno de los espacios donde aún se priorizan el juego, la recreación y el aprendizaje por encima de los resultados competitivos”, sostiene Napolitano.
El objetivo, sin embargo, sigue siendo el mismo que aquel del comienzo: acompañar el crecimiento. “Consideramos que el deporte constituye una herramienta esencial para acompañar el desarrollo de los niños y jóvenes, brindándoles un espacio donde puedan desenvolverse con confianza, sentirse acompañados y disfrutar plenamente de cada etapa de su formación”, concluye Tilio.
El fútbol actual cambió, evolucionó y se adaptó a los nuevos tiempos, con más tecnología, más controles, más profesionalización y otra manera de vivir el juego. Pero, en medio de esa transformación, hay un lugar donde todavía se conserva parte de aquella esencia que hizo del fútbol argentino algo tan especial: el fútbol juvenil. El de los sábados, los mates, las reposeras, las familias en la tribuna y los chicos jugando por el simple hecho de jugar. Ese fútbol que todavía no necesita un VAR para saber qué pasó, que no mide todo en resultados y que mantiene intacto algo que el fútbol profesional, inevitablemente, fue dejando atrás: la sensación de que, antes que un espectáculo, el fútbol es un juego.
Quizás por eso, cada sábado, la escena vuelve a repetirse. Dos padres en reposeras, un mate que pasa de mano en mano y un partido que está por comenzar. Una tribuna que mezcla locales y visitantes. Un gol que se grita sin esperar ninguna confirmación. Un chico que corre detrás de una pelota mientras, afuera, su familia lo mira.
El fútbol argentino todavía tiene ese lugar. Un último refugio del fútbol sin filtros, sin pantallas y sin delay. El fútbol de barrio, de club, de familia y de sábado. El fútbol del que alguna vez salieron sus grandes campeones. Y el que seguirá formando a los próximos.



