Dentro del grupo de curadores invitados internacionales a NODO 2026 Circuito Buenos Aires, el evento de la Cámara Argentina de Galerías de Arte Contemporáneo (Meridiano), llegó al país Blanca de la Torre, la actual directora del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). Es doctora, curadora, historiadora del arte e investigadora, y su trabajo profesional se sitúa en la intersección de las artes visuales, la ecología cultural y las prácticas creativas sostenibles. Con esa perspectiva, mantuvo con Clarín una conversación en torno a algunas de sus definiciones, que dan un giro interesante para pensar desde cierto optimismo: “Los escenarios apocalípticos hacen mucho daño”, dijo.

Curadora, historiadora del arte e investigadora, Blanca de la Torre es la actual directora del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). Foto: gentileza.

–En 2022 fuiste curadora de la XV Bienal de Cuenca, Ecuador, y le designaste un concepto que nació de tu reflexión: la llamaste ‘La Bienal del Bioceno’. ¿Podrías compartir qué significa?

–El Bioceno es un concepto que llevo utilizando desde antes del Covid, y cuando me confirmaron la curaduría general de la bienal decidí usarlo para superar el antropoceno, ya que algunas cosas que sucedieron durante la pandemia desgraciadamente confirmaban cosas negativas que se venían viendo desde mucho antes. Por un lado, intenta cuestionar el concepto del antropoceno, que elude las consecuencias económicas, políticas, patriarcales y especialmente coloniales del deterioro del planeta. Intenta apelar a una nueva narrativa que defina el futuro desde el optimismo.

–¿Cómo opera desde la esfera del arte?

–Desde las prácticas culturales y artísticas tenemos una responsabilidad a la hora de construir imaginarios positivos, a la hora de pensar cuál es ese mundo que queremos habitar para poder trazar una hoja de ruta real en pos de llegar hasta allí. Los escenarios apocalípticos y distópicos hacen mucho daño; al final, el arte produce realidades, no solamente produce escenarios simbólicos. Hablar del fin de aquel mundo es lo que realmente necesitamos para superar una situación insostenible dentro de un escenario complejo. También implica una posición biocéntrica, mucho más empática y que cambia la conciencia fosilista y extractivista, no solo de territorios, sino también de cuerpos y epistemologías. Entender que está todo interconectado, y al final el extractivismo siempre ha atacado todos esos frentes.

–En el temario de esa bienal hablas de una praxis ecosófica conectada al conocimiento biocultural.

–En esa bienal no llevé artistas y obras, sino que me propuse interactuar con esas comunidades de Ecuador –y sobre todo de Cuenca– donde perviven tantos saberes ancestrales. Es vital que esa conciencia real de interconexión vaya recuperando esos lazos rotos con la vida, con el propósito de superar las categorías cartesianas que nos hicieron entender el mundo como saberes separados. Los conocimientos bioculturales trabajan lo material y la producción; en esas comunidades, están vinculados a la tierra como una constante que viene desde los tiempos más lejanos de la humanidad. En América Latina ese concepto de la Pachamama tiene un profundo contexto aún presente en muchos territorios, con intercambios comerciales y simbólicos que se mantienen.

Curadora, historiadora del arte e investigadora, Blanca de la Torre es la actual directora del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). Foto: gentileza.

¿Cuál es la diferencia que ves entre América Latina y Europa?

–Está claro que, en general, en Occidente esos lazos se han perdido o alejado; algunos están presentes regionalmente, pero hubo una suerte de intercolonialismo que hizo perder esas fuentes campesinas en pos de denostar lo rural como conocimiento inferior. En el sur global, en cambio, estamos hablando de supervivencia. Si deterioran tu territorio están acabando con tu vida, y no depende tanto de tus decisiones; si vivo en ciudades tengo poder de consumir productos más orgánicos, mientras que en el sur global todos esos campesinos y campesinas se ven afectados por toda suerte de extractivismos. El estado de bienestar no afecta de la misma manera en el norte global que en el sur global.

–Te centraste en los ecofeminismos.

–Para mí es un ámbito de teoría y acción y soy parte de la red de ecofeministas desde hace tiempo. El concepto tiene que ver con analizar cómo, en realidad, los mecanismos de opresión a los que históricamente se han visto sometidas las mujeres comparten muchos espacios comunes con lo que ha pasado con la naturaleza. Tenemos que entenderlos y analizarlos para recuperar esos espacios perdidos; tienen que ver con romper esa mirada andro–antropocéntrica. Futuros posibles es un concepto que diversifica el plano desde donde tomar decisiones. Hay que pensar en clave de pluriversos y no de universo, no una sola hoja de ruta. Entendemos que hay muchos mundos, muchas historias, muchas maneras de construirlos y todos tenemos una voz; por eso la bienal hablaba de futuribles probables y posibles.

–Hablaste de ou–topos, definido como lo que aún no se ha hecho realidad en ningún lado.

–Me interesa mucho recuperar el concepto original de utopía, que ha perdido fuerza y que ha quedado anclado en la generación de los 60. Hay una ecofeminista, Alicia Puleo, que habla del concepto ou–topos, que indica no lo que será imposible, sino lo que todavía no ha tenido lugar.

–Hace un año y dos meses que diriges el IVAM y hasta mediados de junio has curado una muestra, A media lumbre, que reúne propuestas desde las prácticas artísticas contemporáneas, abriendo espacios que, hasta tiempos recientes, han permanecido jerarquizados dentro de perímetros subalternos: cerámica, barro, lana, textiles, bordados, esparto, palma, mimbre y otras fibras naturales.

–Se llama A media lumbre por la idea de filandón, que es una reunión vecinal, nocturna e invernal, típica del noroeste de España –principalmente de León, Asturias y zonas de Galicia, donde hace mucho frío– que se celebraba después de cenar alrededor del fuego. En estos encuentros, los asistentes realizaban labores manuales, mayoritariamente textiles, mientras compartían en voz alta cuentos, leyendas, cotilleos y canciones. La mayoría de los artistas que integran esta muestra creen en la importancia de la preservación de esos saberes, como hoja de ruta ecosocial para recuperar esos lazos rotos con la vida, entender la tierra, respirarla. Esa materia que habla, y entre ellas el esparto, es una de esas plantas que ejemplifica muy bien mi tesis de cómo entender la pérdida de diversidad y de saberes que operan como vasos comunicantes. Es un material muy importante en las zonas de mayor peligro de desertificación, tiene unas propiedades de reparación ecosistémica enormes y fue sustituido por el plástico para el uso doméstico.

–Hay una guía especial dentro del sitio IVAM que contiene una explicación de la muestra para gente con capacidades diversas, que se centra en lo más simple y posible de entenderla. ¿Es un aporte tuyo o ya existía?

–Hay un itinerario en lectura fácil; antes tenías que pedirlo, lo que es muy excluyente. Pero estamos trabajando en un plan real de accesibilidad e inclusión para ser sostenibles, pues no se puede hablar de la huella de carbono o hídrica si no te estás preocupando por la huella emocional de quienes visitan tu museo. Hay capas de la sociedad que no se sienten incluidas en el arte contemporáneo y desde el mundo del arte hemos sido muy crípticos, utilizando una retórica poco inclusiva y poco accesible, como cuando se dice que estamos ‘predicando para el coro’. Creo que los problemas más complejos se pueden explicar de la manera más sencilla.

–Para terminar, ¿cómo notaste la escena de Buenos Aires?

–Me ha fascinado, ya quiero volver. Me parece que la ciudad es mágica y que la escena artística es brillante, que hay tantísimas galerías, pero es verdad lo que me dicen sobre que el mercado es frágil. Sin embargo, cómo se mantienen tantas galerías con un nivel de calidad importante denota una resiliencia admirable; es una ciudad muy inspiradora.